La realidad y la verdad, representan sumisión.

Pocas opciones quedan, cuando te das de cara con la verdad o la realidad, obligado a someterte a esta, y seguir hacia delante. 

Ayer, una muestra más de esto sucedió. 

Allí estaba el doctor delante de mí, diciéndome: Es una enfermedad hereditaria, no contagiosa y sin tratamiento conocido, lo siento. 

Prosiguió con: Puede quedarse en lo que hoy es, o puede, que se extienda a todo tu cuerpo, nada se puede hacer. 

Es difícil engañar a la mente, es muy difícil. 

Sientes como si te apretaran el estómago y los pulmones a la vez. 

Nada depende de ti, nada existe a tu alcance para solucionarlo, solo puedes someterte a ti y a tu mente, afrontando la situación. 

Piensas y te preguntas, ¿porque a mí? ¿Porque yo?, y ahora, ¿qué debo esperar, si nada puedo hacer? 

Llegas a casa, reproduciendo las palabras que oíste “no hay solución médica, no hay tratamiento, lo siento, esperemos que no vaya a más” 

La tensión, la desilusión, el miedo, aprietan tu sien. 

Lavas tu cara delante del espejo, mirándote a los ojos a ti mismo. 

Solos tú y aquella imagen de ti. 

Ambos en silencio, hasta que te atreves a hablar contigo mismo. 

Ahora qué amigo, que vamos hacer, contra algo que nada se puede hacer. 

Cada mañana, vamos a despertarnos, ¿buscando posibles nuevas evidencias de nuestra enfermedad? 

Es el sometimiento, del que os quería hablar. 

El peso de la verdad, de la realidad, no hay más cojones que someterse a estos, y tratar de superar esta mierda, con la cual, es inevitable encontrarse. 

Podría tirarme en la cama, y llorar maldiciendo al mundo. 

Pero mi enfermedad, seguiría sin cura, sin tratamiento, me convertiría en algo que siempre he odiado, ser un mierda. 

El caso, que, como persona que analiza hasta los yogures que se come, llegas a conclusiones. 

La propia muerte, no tiene tratamiento ni cura. (Cada vez que uso la palabra cura, me recuerda a los del alza cuellos y me da un puto repelus agagagag) 

Sí, es verdad, y a la verdad me someto, tengo una enfermedad que puede matarme en 6 meses. 

Pero, tal vez, la vida , me mate en dos semanas. 

O puede, que ni la vida, ni mi enfermedad, puedan conmigo hasta que sea un encantador sexagenario. 

Por tanto, creo que voy a seguir riéndome cada mañana, al ver mi fea cara en el espejo.

Enfermo si, sometido a la realidad que me rodea, sí. Pero jamás siendo un llorón mierdero. 

Madre naturaleza, me obsequio con una vida, disfrutare de está, por el tiempo que madre me permita. 

Todos nacemos para morir, desconociendo que nos matara, pero a la vez, desconocemos quien nos amara, quien nos odiara, quien nos escuchara o nos ignorara. 

Si seré padre o pasare toda mi vida solo. 

Tengo demasiadas cosas y planes de los cuales preocuparme, como para darle importancia de más, a otra de las mil cosas que puede acabar con este magnífico viaje.

La realidad y la verdad, representan sumisión.

Pocas opciones quedan, cuando te das de cara con la verdad o la realidad, obligado a someterte a esta, y seguir hacia delante.

Ayer, una muestra más de esto sucedió.

Allí estaba el doctor delante de mí, diciéndome: Es una enfermedad hereditaria, no contagiosa y sin tratamiento conocido, lo siento.

Prosiguió con: Puede quedarse en lo que hoy es, o puede, que se extienda a todo tu cuerpo, nada se puede hacer.

Es difícil engañar a la mente, es muy difícil.

Sientes como si te apretaran el estómago y los pulmones a la vez.

Nada depende de ti, nada existe a tu alcance para solucionarlo, solo puedes someterte a ti y a tu mente, afrontando la situación.

Piensas y te preguntas, ¿porque a mí? ¿Porque yo?, y ahora, ¿qué debo esperar, si nada puedo hacer?

Llegas a casa, reproduciendo las palabras que oíste “no hay solución médica, no hay tratamiento, lo siento, esperemos que no vaya a más”

La tensión, la desilusión, el miedo, aprietan tu sien.

Lavas tu cara delante del espejo, mirándote a los ojos a ti mismo.

Solos tú y aquella imagen de ti.

Ambos en silencio, hasta que te atreves a hablar contigo mismo.

Ahora qué amigo, que vamos hacer, contra algo que nada se puede hacer.

Cada mañana, vamos a despertarnos, ¿buscando posibles nuevas evidencias de nuestra enfermedad?

Es el sometimiento, del que os quería hablar.

El peso de la verdad, de la realidad, no hay más cojones que someterse a estos, y tratar de superar esta mierda, con la cual, es inevitable encontrarse.

Podría tirarme en la cama, y llorar maldiciendo al mundo.

Pero mi enfermedad, seguiría sin cura, sin tratamiento, me convertiría en algo que siempre he odiado, ser un mierda.

El caso, que, como persona que analiza hasta los yogures que se come, llegas a conclusiones.

La propia muerte, no tiene tratamiento ni cura. (Cada vez que uso la palabra cura, me recuerda a los del alza cuellos y me da un puto repelus agagagag)

Sí, es verdad, y a la verdad me someto, tengo una enfermedad que puede matarme en 6 meses.

Pero, tal vez, la vida , me mate en dos semanas.

O puede, que ni la vida, ni mi enfermedad, puedan conmigo hasta que sea un encantador sexagenario.

Por tanto, creo que voy a seguir riéndome cada mañana, al ver mi fea cara en el espejo.

Enfermo si, sometido a la realidad que me rodea, sí. Pero jamás siendo un llorón mierdero.

Madre naturaleza, me obsequio con una vida, disfrutare de está, por el tiempo que madre me permita.

Todos nacemos para morir, desconociendo que nos matara, pero a la vez, desconocemos quien nos amara, quien nos odiara, quien nos escuchara o nos ignorara.

Si seré padre o pasare toda mi vida solo.

Tengo demasiadas cosas y planes de los cuales preocuparme, como para darle importancia de más, a otra de las mil cosas que puede acabar con este magnífico viaje.